![]() |
| Thomas Cole, La Arcadia, 1834 |
Llegaba nuestra barca entre las mareas
y las plácidas brisas del mar descendían,
el mar infinito, el brillante sol bañaba
la arena y las colinas lejanas
con suspiros de cal y olor de roca.
Nuestro barco zarpa hacia la ciudad luminosa
con la incertidumbre de un océano vacío
y de noches sin estrellas.
Las corrientes fuertes, las tormentas pueblan
nuestro tortuoso camino,
esperando a la silenciosa Arcadia
que duerme inmóvil en sus archipiélagos
y en las valles donde vive el sátiro
y el pastor tranquilo.
La Arcadia que permanece tan lejana
y tan cercana para quien la busca.
Nuestros pies llegaron en tierras extrañas,
oímos lenguas ignotas, vimos lo que nuestros ojos
nos dieron, hasta llegar al fin,
a la Arcadia que los hombres esperan
que por ella viven y mueren.
Esto es todo lo que queda; mira,
por aquí también pisaron este suelo
otros que escribieron
sobre el tiempo, el sol y la espuma
y ahora el viento cruza las piedras vivas
por donde la salvaje hierba cubre
los olvidados nichos.
¿Dónde habrá ido tu voz sonora y fuerte?
Cuando el olvido llegó y pobló tu soledad
más humana y liviana,
¿estos arcos caídos y nichos
quedaron contigo, Arcadia?
Allá donde canta en la rama el jilguero
y en el eco de la cueva resuena,
en las altas columnas que sostienen el cielo infinito
y en ásperas montañas desiertas y nevadas,
te vieron morir, Arcadia.
En las playas donde las olas golpean
las islas esmeraldas de blancos palacios,
en las plazas sosegadas que esperan al árabe consternado,
en las murallas que pelea el griego y el turco ensangrentado,
te vieron morir Arcadia.
Por qué camino andará tu cometido,
en las peñas donde aquellos que ignoran
esperando el gran sol resplandeciente
ponerse en la frente la última hora acaecida.
Y allí quedarás siempre inmóvil y perdida,
la bella, la triste Arcadia.
- Pau Baraldés





